
Ayer a las seis de la tarde pude trotar diez kilómetros con mi cuerpo que ya pasó la mitad de su vida útil. Me acordé de Caballos Salvajes y la famosa frase "La puta que vale la pena estar vivo!!!" y después volví a casa al trotecito.
La estantería quedó bien acomodada, a la noche dormí como los dioses, y hoy a la mañana me levanté con un poco de zocaga pero confiado en que pasábamos.
Ceremonioso, preparé el mate, acomodé a toda la familia en diferentes sillones cual acomodador de cine de barrio y después de frotarme las manos por enésima vez y decir con firmeza pero sin gritar "Vamos carajo, que hoy es el día" me concentré en mirar el partido. Ya con el primer mate vino el gol de Alemania y, en el espanto de la sorpresa, la bombilla quedó aprisionada por los labios mientras el mate caía al piso y desparramaba yerba y agua hasta la puerta de calle.
"Lo damos vuelta" le dije a la familia. A esa altura, ya me sentía todo un jefe de familia que le asegura a la patrona que van a poder llegar a fin de mes sin problemas e, inclusive, tomarse el último fin de semana para ir a Punta del Este en avión y alojarse en el hotel donde paran Susana y Gerardo!!!
Me contracturé la espalda y el cuello durante cincuenta minutos pensando que con movimientos golfísticos - ya fuera en el sillón, en cuclillas como Bielsa o parado - iba a poder darle potencia a esas masitas que Di María e Higuaín le tiraban al arquero alemán. La miraba a la familia y para adentro pensaba "Mmm...me parece que lo de Punta del Este se suspende..."
Gol de Alemania. Un par de minutos de silencio, mezcla de desconcierto y pesimismo, y nuevamente a poner la cara delante de los chicos. Si bien a los hijos no se les debe mentir, uno como padre hace lo imposible por cambiarles esas caritas de tristeza que, herencia paterna, les provoca el fóbal. La patrona también parecía triste, pero ella ya está curtida en desgracias: Me ve todos los días.
Y me dije: Les miento. No los puedo ver así. "Tranquilos chicos, dos goles y a los penales. Hay tiempo. Lo damos vuelta como cuando le dimos vuelta el partido a River siendo 9 contra 11, en la última Libertadores". No era momento para hablar de San Lorenzo, pero ese recuerdo de aquella noche gloriosa le daba credibilidad a mi afirmación y a mi estado de ánimo simulado.
Para qué hablé...vino el tercero, el cuarto y un esbozo de mi vocación de maestro de las efemérides para contarle a los chicos que la última vez que nos comimos cuatro en un mundial había sido en Alemania 74 contra Holanda. Los chicos me miraban como diciendo: "Con la calentura que tengo y vos me venís con esa boludez???", pero son educados y no lo dicen. Solo te miran con un dejo de pena y bronca, pero nada gave. Y la patrona...ya la había ilusionado con Punta del Este y ahora resulta que nos quedamos hasta sin el puchero de mañana...
Me puse las zapatillas y dije "Chau, me voy a correr", convencido de que después de todas las huevadas que hablé lo mejor que podía hacer para descomprimir las cosas era tomarme el helicóptero de De La Rúa. Pero no. Ni esa me salió. En los primeros diez metros un tirón que me había agarrado ayer me puso en conocimiento de que no estaban dadas las condiciones para correr, ni para nada. Que iba a tener que volver a casa, poner la cara y resistir.
Miré un rato largo de televisión, escuché los análisis más variados de los motivos de la derrota (de haber sabido que habíamos hecho tantas cosas mal, ni siquiera hubiera mirado el primer partido) y, de pronto, sonreí. Más que sonreir, me empecé a reir. Al rato ya eran carcajadas. Después carcajadas con lágrimas en los ojos, hipo y la cara bien colorada.
Vinieron los chicos, vino la patrona, todos me miraban y se miraban. "¿Qué te pasa?¿Estás bien?" me preguntaban sorprendidos.
"Sí" respondí con una carcajada de esas de cuando uno está bien, pero bien tentado, "Te acordás de Fernando? El que se compró el plasma?"...balbuceaba con mucho esfuerzo por las contorsiones de la carcajada..."se quedó sin Argentina y debe 49 cuotas "
Así que la maldad me ayudó. Ver la desgracia de mi amigo, que se quedó sin mundial pero con el plasma de clavo, me ayudó a sobrellevar el mal momento. Otro mal momento de esos a los que nos acostumbra el fútbol.
La estantería quedó bien acomodada, a la noche dormí como los dioses, y hoy a la mañana me levanté con un poco de zocaga pero confiado en que pasábamos.
Ceremonioso, preparé el mate, acomodé a toda la familia en diferentes sillones cual acomodador de cine de barrio y después de frotarme las manos por enésima vez y decir con firmeza pero sin gritar "Vamos carajo, que hoy es el día" me concentré en mirar el partido. Ya con el primer mate vino el gol de Alemania y, en el espanto de la sorpresa, la bombilla quedó aprisionada por los labios mientras el mate caía al piso y desparramaba yerba y agua hasta la puerta de calle.
"Lo damos vuelta" le dije a la familia. A esa altura, ya me sentía todo un jefe de familia que le asegura a la patrona que van a poder llegar a fin de mes sin problemas e, inclusive, tomarse el último fin de semana para ir a Punta del Este en avión y alojarse en el hotel donde paran Susana y Gerardo!!!
Me contracturé la espalda y el cuello durante cincuenta minutos pensando que con movimientos golfísticos - ya fuera en el sillón, en cuclillas como Bielsa o parado - iba a poder darle potencia a esas masitas que Di María e Higuaín le tiraban al arquero alemán. La miraba a la familia y para adentro pensaba "Mmm...me parece que lo de Punta del Este se suspende..."
Gol de Alemania. Un par de minutos de silencio, mezcla de desconcierto y pesimismo, y nuevamente a poner la cara delante de los chicos. Si bien a los hijos no se les debe mentir, uno como padre hace lo imposible por cambiarles esas caritas de tristeza que, herencia paterna, les provoca el fóbal. La patrona también parecía triste, pero ella ya está curtida en desgracias: Me ve todos los días.
Y me dije: Les miento. No los puedo ver así. "Tranquilos chicos, dos goles y a los penales. Hay tiempo. Lo damos vuelta como cuando le dimos vuelta el partido a River siendo 9 contra 11, en la última Libertadores". No era momento para hablar de San Lorenzo, pero ese recuerdo de aquella noche gloriosa le daba credibilidad a mi afirmación y a mi estado de ánimo simulado.
Para qué hablé...vino el tercero, el cuarto y un esbozo de mi vocación de maestro de las efemérides para contarle a los chicos que la última vez que nos comimos cuatro en un mundial había sido en Alemania 74 contra Holanda. Los chicos me miraban como diciendo: "Con la calentura que tengo y vos me venís con esa boludez???", pero son educados y no lo dicen. Solo te miran con un dejo de pena y bronca, pero nada gave. Y la patrona...ya la había ilusionado con Punta del Este y ahora resulta que nos quedamos hasta sin el puchero de mañana...
Me puse las zapatillas y dije "Chau, me voy a correr", convencido de que después de todas las huevadas que hablé lo mejor que podía hacer para descomprimir las cosas era tomarme el helicóptero de De La Rúa. Pero no. Ni esa me salió. En los primeros diez metros un tirón que me había agarrado ayer me puso en conocimiento de que no estaban dadas las condiciones para correr, ni para nada. Que iba a tener que volver a casa, poner la cara y resistir.
Miré un rato largo de televisión, escuché los análisis más variados de los motivos de la derrota (de haber sabido que habíamos hecho tantas cosas mal, ni siquiera hubiera mirado el primer partido) y, de pronto, sonreí. Más que sonreir, me empecé a reir. Al rato ya eran carcajadas. Después carcajadas con lágrimas en los ojos, hipo y la cara bien colorada.
Vinieron los chicos, vino la patrona, todos me miraban y se miraban. "¿Qué te pasa?¿Estás bien?" me preguntaban sorprendidos.
"Sí" respondí con una carcajada de esas de cuando uno está bien, pero bien tentado, "Te acordás de Fernando? El que se compró el plasma?"...balbuceaba con mucho esfuerzo por las contorsiones de la carcajada..."se quedó sin Argentina y debe 49 cuotas "
Así que la maldad me ayudó. Ver la desgracia de mi amigo, que se quedó sin mundial pero con el plasma de clavo, me ayudó a sobrellevar el mal momento. Otro mal momento de esos a los que nos acostumbra el fútbol.
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